Vampiresas y licántropas

Publicado por Carlo Frabetti
Fuente: https://www.jotdown.es/2020/05/vampiresas-y-licantropas/

Charlize Theron en Prometheus (2012)

La peor pesadilla del machirulo ya no es la mujer sexualmente activa, sino la profesionalmente competitiva. Competitiva en ambos sentidos del término, es decir, combativa y competente. Los machos cavernarios pueden soportar que una colega sea competente si es sumisa, e incluso pueden soportar que sea combativa si es mediocre; pero una mujer a la vez combativa y competente —una mujer que lucha y triunfa— es demasiado para la endeble autoestima del «sexo fuerte».

De lobos y lobas
Teniendo en cuenta los orígenes agrícolas y ganaderos de la civilización, no es de extrañar que el lobo sea el villano recurrente de fábulas y cuentos tradicionales. Los lobos eran los enemigos naturales de los primitivos pastores de ovejas, y diez mil años después esta pugna entre depredadores que compiten por los mismos recursos no se ha extinguido del todo. Pero, por otra parte, el lobo fue el gran aliado del ser humano en su etapa de cazador recolector; es el antepasado del perro, «el mejor amigo del hombre». Paradójicamente, el mejor amigo del cazador se convirtió en el peor enemigo del ganadero. Y, rizando el rizo de la paradoja, los descendientes directos de los lobos son nuestras mascotas favoritas.

La ambivalencia del lobo en general como arquetipo y como símbolo se mantiene en el caso concreto de la hembra, aunque con variantes que tienen que ver con nuestros estereotipos de género. La loba (lupa en latín) es la venerada madre adoptiva —y nutricia— de Rómulo y Remo, los fundadores míticos de Roma, y a la vez es la vilipendiada prostituta (de ahí el término «lupanar», que sigue siendo sinónimo de prostíbulo). En última instancia, el mito fundacional de Roma expresa la misma «fusión de contrarios» que la consabida expresión «de puta madre».

En su faceta de depredador astuto e implacable, el lobo, como el tiburón, y sin perder sus connotaciones tradicionales, se ha convertido en símbolo del ejecutivo agresivo, y la incorporación de las mujeres al mundo laboral —o, más exactamente, al mundo empresarial— ha resemantizado también el símbolo de la loba.

Si la mujer fatal utiliza su atractivo erótico —sus labios— para someter a los hombres, la ejecutiva agresiva utiliza sus armas profesionales —sus garras— para destrozarlos. En términos metonímicos, se podría decir que, en el imaginario masculino, se produce un desplazamiento de la boca (de fresa) de la vampiresa a la mano (de hierro) de la licántropa. Si la vampiresa proclama ferozmente el poder del sexo femenino, la licántropa —la lunática que se convierte en loba en la jungla laboral— reclama con igual ferocidad el sexo femenino del poder.

De diosas y diablesas

El cine de las últimas décadas ofrece reveladores ejemplos de estas lobas empresariales que, tras la «revolución sexual» iniciada en los años setenta del siglo pasado, parecen destinadas a tomar el relevo de las vampiresas tradicionales en su diabólica tarea de atormentar a los hombres. Veamos tres ejemplos correspondientes a otras tantas épocas: uno del pasado reciente, otro rabiosamente actual y un tercero situado en un futuro próximo.

Faye Dunaway y William Holden en Network (1976)

 Network – Original Theatrical Trailer.

En Network (Sidney Lumet, 1976), haciendo honor al título con el que la cinta se exhibió en España, Un mundo implacable, se muestran las despiadadas luchas por el poder en el seno de una productora de televisión estadounidense, a la vez que se perfila un pionero paradigma de loba empresarial magistralmente encarnada por Faye Dunaway (cuya interpretación le valió un Óscar y un Globo de Oro). Diana Christensen es una modesta productora de programas de entretenimiento que asciende rápidamente a lo más alto utilizando, sí, su atractivo erótico, pero, sobre todo, gracias a su astucia profesional y su falta de escrúpulos, como un híbrido o espécimen de transición entre la vampiresa tradicional y la licántropa moderna (o posmoderna). En una secuencia memorable, Diana cabalga cual amazona desbocada sobre un apabullado Max Schumacher, el veterano productor interpretado por William Holden, mientras no para de hablar de sus planes profesionales, ni siquiera en el momento del orgasmo, que resuena como un breve grito de guerra en medio de una arenga militar.

En El diablo viste de Prada (David Frankel, 2006), Meryl Streep encarna a la tiránica redactora jefa de una revista que controla el mundo de la moda, lo que la convierte en una mujer extraordinariamente poderosa. Y en Prometheus (Ridley Scott, 2012), Charlize Theron es la cínica directora ejecutiva de una misión interestelar cuyos aspectos científicos le tienen sin cuidado. Aunque la primera es una comedia satírica y la segunda una inquietante parábola futurista, ambas películas coinciden en presentar un mismo estereotipo femenino llevado a extremos rayanos en la psicopatía: la alta ejecutiva omnipotente que lo sacrifica todo, incluidas sus relaciones personales, al logro de sus objetivos profesionales.

No es casual que tres grandes divas del cine contemporáneo, Faye Dunaway, Meryl Streep y Charlize Theron (cabría añadir a la Jodie Foster de Elysium y a unas cuantas más), hayan encarnado a sendas lobas emblemáticas, como no es casual que tantas grandes actrices del pasado se convirtieran alguna vez en vampiresas. Materializar las pesadillas de los hombres es un desafío artístico no menos apasionante que dar forma a sus sueños.

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