¿Qué dicen los filósofos sobre el humor?

Dosier: Filosofía y humor (Parte 2) 

Por Filosofía&Co 

 

Fuente: https://www.filco.es/ser-no-ser-risa-humor/
Pese a ser uno de nuestros rasgos más característicos, la filosofía no se ha preocupado tanto del humor como debiera. Imagen: Ana Yael.
Pese a ser uno de nuestros rasgos más característicos, la filosofía no se ha preocupado a lo largo de su historia tanto del humor como debiera. © Ana Yael.

Si hay un tema del que la filosofía ha hablado más bien poco, ese es el del humor, lo cual no deja de ser en sí mismo cómico: la «madre de todas las ciencias» dejando de lado una de las piedras angulares de nuestro comportamiento social y una de las características más genuinas que poseemos los seres humanos. Imperdonable. Nos adentramos en el humor como materia filosófica y analizamos qué han dicho los filósofos que han dicho algo al respecto.

Seamos sinceros. Las cosas como son: la filosofía y los filósofos no parecen especialmente brillantes en lo que se refiere al humor o la comedia. No es un género en el que destaquen. Algún caso hay, claro, pero en general cuando los pensadores se han metido a estudiar el humor —o ponerlo en práctica— los resultados han sido de todo menos graciosos, y es que pocas cosas hay menos “divertidas” que un sesudo ensayo, lo que no quita para que pueda tener otras cualidades que lo hagan interesante o atractivo.

Curiosamente, los filósofos que más se han dedicado a pensar en la risa y lo cómico son los que menos reían. Pesimistas con las visiones más siniestra de la existencia —quizá esa fuera la razón de que les interesara el tema, para poder salir de ahí—. A lo largo del artículo veremos a varios de ellos y sus principales teorías.

Curiosamente, los filósofos que más se han dedicado a pensar en la risa y lo cómico son los que menos reían

El aspecto positivo de que este tema haya tenido tan escaso interés para la filosofía en el pasado es que todavía se puede profundizar en él. Queda mucho que decir al respecto, mucha tela que cortar; conocer mejor y saber definir y explicar el ingenio, la sátira, la paradoja, la gracia, la risa, etc. No es que no se hayan hecho aproximaciones antes, pero sí que de un modo muy “cerebral”, muy racional. Eso es algo que a nivel formal tiene sentido, pero no deja de ser contradictorio siendo el humor. Tratar el humor prescindiendo del humor… ¿no lo desnaturaliza en buena parte? Obviamente no se trata de explicar el humor haciendo guasas y gags entre medias —para eso uno se va a ver a un monologuista o ve una película cómica y experimentará la sensación mucho mejor—, pero sí puede parecer que enfrentarse a la cuestión desde la absoluta seriedad no es la actitud más adecuada, pues deja un “hueco” que necesariamente se ha de notar. Lo cual no quiere decir que resolver el problema sea fácil, claro.

Pero parece que las cosas van cambiando y hoy el humor es visto como una parte importante de la naturaleza humana. Más aún, podríamos decir que es visto como una de nuestras principales rasgos que nos hacen diferentes de otros seres vivos.

Es cierto que, si pensamos en filosofía, lo que nos viene a la mente es una formulación teórica. Pero, en lo que se refiere al humor, a veces el chiste es mejor herramienta. Y es que a menudo estos son grandes ejemplos de sabiduría, ya que rompen el orden lógico del conocimiento pero aportan chispas de sabiduría igualmente válidas. Aunque a algunos les pueda extrañar, el chiste y la filosofía tienen aspectos en común: ambos se nutren de la paradoja o el acertijo y se necesitan para alcanzar su mejor versión –una filosofía demasiado seria es aburrida y alejada de la humanidad; el humor sin la inteligencia que lleva aparejada la filosofía puede resultar poco atractivo y poco interesante–. Se ayudan uno al otro al trabajar codo con codo, dando a luz a grandes resultados, como la creatividad y la fantasía.

¿Qué ha dicho la filosofía sobre el humor?

La risa y el chiste ya empezaron a ser planteados como objetos de estudio allá por la Grecia clásica. Unos los investigaron y otros los pusieron en práctica. Diógenes fue de estos últimos, mofándose de sus conciudadanos e instituciones en un claro ejemplo de provocación, y conciliando esa apariencia de ermitaño/vagabundo con la alegría y la carcajada. Y Aristipo hizo gala de un humor socarrón que le granjeó mucha fama. Aristóteles, por su parte, lo trató como trató todo lo demás: observándolo detenidamente y en profundidad. Y lo vio como lo que es, una emoción eminentemente buena (algo en lo que no coincidía con su maestro, Platón) y un rasgo de la personalidad humana demasiado único como para no tenerlo en cuenta.

Otro filósofo de renombre que se interesó por el humor fue Inmmanuel Kant, aunque a nosotros –en confianza– nos da la sensación de que lo que sabía del tema era un poco de oídas… A fin de cuentas, Kant, con su personalidad maniática e hiperorganizada, poco dada a la sorpresa y a la impulsividad, no debía de ser el alma de la fiesta en Königsberg, ni el hombre más divertido con el que uno podía pasar el rato, y eso se nota en sus reflexiones.

Definía el humor como “una emoción que nace de la súbita transformación de una ansiosa espera en nada”. El kantiano es un ejemplo de ese razonamiento puro, demasiado poco humano, demasiado poco natural, del que hablábamos al principio. Una visión tan seria a nivel estético, moral y antropológico que suena, en parte, algo ridícula y desaprovechada.

“(El humor) es una emoción que nace de la súbita transformación de una ansiosa espera en nada”. Immanuel Kant

Otro alemán hizo una mejor aproximación al tema, a pesar de ser uno de los hombres más pesimistas y misántropos de la historia. Hablamos del gran Arthur Schopenhauer. El autor de El mundo como voluntad y representación hizo una aproximación bastante acertada —en nuestra opinión— al considerar la “incongruencia y el absurdo como los desencadenantes del humor”. Para Schopenhauer, el humor es la verdadera válvula de escape de la humanidad, puesto que es lo que le permite enfrentarse y soportar el absurdo de la existencia. Reímos, básicamente, para no llorar, y gracias a ello podemos aguantar esta tragedia que es la vida, pensamiento que también compartía el español Miguel de Unamuno —autor de Del sentimiento trágico de la vida, para quien el humor no es lo cómico únicamente, sino la burla con un trasfondo de gravedadUna visión si se quiere “curativa” del humor, a la que también se sumaba Blaise Pascal cuando afirmaba que, si bien el ser humano es minúsculo desde todo punto de vista, no dejaba de ser sorprendente su capacidad para el humor, que lo llevaba a la grandeza al ser capaz de distanciarse de sí mismo y reírse.

Es curioso que alguien como Schopenhauer decidiera precisamente estudiar un campo que se nos antoja tan ajeno a su personalidad —como lo hicieron también otros pesimistas, como Nietzsche, Freud o Bergson, a quienes veremos en profundidad más adelante—. Y quizá precisamente lo buscaban con ahínco: porque lo necesitaban para escapar del pozo en el que se encontraban.

Parece lógico, ¿no? Es cierto que en muchas ocasiones el humor es lo único que puede hacer soportable la vida. De hecho, en todos los manuales de autoayuda o de inteligencia emocional se nos insta a “reírnos de nosotros mismos” como medio de tomarnos menos en serio tanto a nosotros como a las situaciones que nos rodean. Incluso hemos llegado a crear un género en torno a esta idea de bromear con lo prohibido, que es lo que se denomina “humor negro”. La forma más polémica del humor, que juega en al límite entre la risa y la falta de respeto, cruzándola a veces. Un humor con un toque de cierta malicia que busca cumplir el mismo objetivo: reírse de lo peor con el fin de rebajar su seriedad. Algo sobre lo que reflexionaba el filósofo francés André Comte-Sponville: “Se puede bromear acerca de todo: el fracaso, la muerte, la guerra, el amor, la enfermedad, la tortura. Lo importante es que la risa agregue algo de alegría, algo de dulzura o de ligereza a la miseria del mundo, y no más odio, sufrimiento o desprecio. Se puede bromear de todo, pero no de cualquier manera. Un chiste judío nunca será humorístico en boca de un antisemita. La ironía hiere, el humor cura. La ironía puede matar, el humor ayuda a vivir. La ironía quiere dominar, el humor libera. La ironía es despiadada, el humor es misericordioso. La ironía es humillante, el humor es humilde”. El humor, como casi todo, es más arte que ciencia. Saber hacer y saber hacerlo con elegancia, elemento clave que diferencia al patoso del verdadero cómico.

“Se puede bromear acerca de todo: el fracaso, la muerte, la guerra, el amor, la enfermedad, la tortura. Lo importante es que la risa agregue algo de alegría, algo de dulzura o de ligereza a la miseria del mundo, y no más odio, sufrimiento o desprecio». André Comte-Sponville

A poco que uno muestre un poco de interés, podemos encontrar sabiduría en todas partes. Y el humor no es una excepción. Más aún, existen en el humor auténticas joyas de la sabiduría. Es cuando el chiste alcanza ese nivel que deja ya de ser simple broma para convertirse en verdadero arte, aglutinando en pequeñas dosis perspicacia, saber, observación del entorno, metáforas y parábolas. Cuando el chiste está bien hecho encierra verdaderas lecciones de vida. Como dice Alejandro Jodorowski en La sabiduría de los chistes, estos son “auténticos símbolos de sabiduría que explican, de manera diferente y divertida, grandes cuestiones que quizá, de otra manera, se nos pasarían por alto”.

El chiste y el inconsciente, la visión de Sigmund Freud

En su obsesión por desentrañar los secretos de nuestra mente, Sigmund Freud dedicó toda su vida al estudio del cerebro y sus fenómenos. Y, como es lógico, no podía faltar en su investigación el humor, al que le dedicó uno de sus libros menos famosos: El chiste y su relación con el inconsciente. En este libro, el psiquiatra austríaco analiza las partes del chiste —analítica, sintética y técnica—, su formación y el papel que tiene la intención en su fin. Freud nos da una explicación de cuáles son sus mecanismos, los motivos por los que lo hemos desarrollado, y su papel como fenómeno social. Y, como no podía ser menos en el fundador del psicoanálisis, enfrenta al chiste con una de las piedras angulares de sus teorías: los sueños.

Para poder entender esa relación, antes hemos de recordar la explicación del sueño que da Freud. El sueño se produce como respuesta a la fatiga mental que acumulamos durante nuestro día a día, y es en ese estado de reposo —el sueño— cuando liberamos de forma parcial nuestro inconsciente. Esa es su función: consolar a nuestra mente de las frustraciones a las que la somete nuestro Super Yo —quien se encarga de reprimir nuestro aparato psíquico—. Sin embargo, nuestros sueños no son exactamente nuestros deseos inconscientes. Al dormir, nuestro Super Yo no se apaga, sino que solamente relaja sus defensas. Es decir, la mente no se libera, sino que todavía necesita burlar ese sistema de seguridad. ¿Y cómo lo hace? Según dos fenómenos que Freud llama desplazamiento y condensación. El primero es cuando nuestro deseo inconsciente se lleva a cabo en un objeto diferente; el segundo, cuando un objeto adquiere la carga afectiva de otros. Una vez que nos despertamos, el inconsciente vuelve a verse bloqueado, razón por la que, pasados unos minutos, no podemos siquiera recordar con claridad nuestros sueños.

¿Y qué tiene esto que ver con el chiste? Más de lo que creemos, según el psiquiatra austríaco, pues esos dos fenómenos citados —desplazamiento y condensación— también se dan en el humor, compartiendo además otras características, como son el elemento lúdico (“el chiste es un juicio que juega”), la espontaneidad (ni el chiste ni el sueño se planean, sino que surgen sin más) y el fin: producir placer en nuestra mente consciente a partir de los elementos que conservamos en nuestra mente inconsciente.

Según Freud, el sueño se encarga de disminuir nuestro “dolor” consciente mediante la liberación del inconsciente. El chiste, en cambio, aporta placer que combate ese dolor, aunque no lo reduce

¿No es chocante que ambos, chiste y sueño, compartan a menudo temáticas? El sexo, la vergüenza, la crueldad, la extravagancia, etc. Ambos nacen del mismo pozo, pero cada uno sigue un modo de actuación diferente. El sueño se encarga de disminuir nuestro “dolor” consciente mediante la liberación del inconsciente. El chiste, en cambio, aporta placer que combate ese dolor, aunque no lo reduce. Es como la reflexión en torno a la felicidad que se plantearon los filósofos de la antigua Grecia: para unos, la felicidad era una vida con más placer que dolor, aunque este existiera en alguna medida (Aristipo); para otros, la felicidad era la vida ausente de dolor, aunque fuera a costa de menos placer (Sócrates, Aristóteles, Zenón, etc).

La risa y lo cómico

Hay un libro que es todo un clásico del tema que nos ocupa: La risa. Ensayo sobre la significación de lo cómico, del francés Henri Bergson, catedrático de filosofía moderna y Premio Nobel de Literatura en 1927, además de uno de los intelectuales más importantes de toda su generación.

En este libro, Bergson reflexiona —con poca gracia, todo hay que decirlo— sobre aquello que nos hace reír y las características de lo que llamamos cómico.

Para Bergson, podemos encontrar varias conclusiones respecto al humor. La primera es que la risa es un fenómeno eminentemente humano. No solo como cualidad, sino en su funcionamiento: solo nos hace reír aquello que nos parece humano o nos recuerda a ello. Puede que un animal o un objeto nos hagan reír, pero será porque vemos en ese objeto u animal un comportamiento que podría ser nuestro, porque encontramos en ellos nuestros valores, defectos, etc. Esos comportamientos que relacionamos con nuestra propia especie es lo que hacer surgir la risa, que es una capacidad que solo a nosotros nos es propia. Para el francés, si bien son muchos los que han definido al ser humano como el “animal que ríe”, quizá sería más acertado decir que es el animal que “hace reír”.

La segunda característica que haya Bergson para el humor es la sorpresa. Y es una regla vital, determinante para que exista la comicidad. No podemos hablar de algo gracioso que ya sabemos que va a ocurrir, porque lo cómico surge precisamente por la sorpresa que se genera cuando se produce una ruptura entre un acontecimiento y lo establecido, cuando ocurre lo que, en principio, pensábamos que no iba a ocurrir.

Pero hay otros elementos a tener en cuenta, como, por ejemplo, la distancia, quizá la más útil de estas características. Sin ella, ¿cómo podríamos reírnos de situaciones dolorosas o tristes? Nos reímos en esos casos porque tenemos la capacidad de alejarnos de la situación conflictiva en cuestión; nos reímos porque tenemos la capacidad de distanciarnos y observar la situación desde una perspectiva no personal, por muy dura o traumática que haya sido.

Ponemos tierra de por medio frente a los sentimientos y las emociones para que pueda surgir el humor. De este modo, ocurre —como vimos antes— que el humor se convierte en un analgésico capaz de suavizar esas emociones negativas que podrían hundir nuestro ánimo. Una facultad verdaderamente inestimable que nos permite hacernos espectadores a fin de soportar nuestros sufrimientos, puesto que nos libera emocionalmente de ellos. El humor es, por tanto, incompatible con las emociones, pues es lo que nos hace olvidarlas temporalmente. De ahí que nos produzca alivio. Nos permite descansar de los sentimientos negativos que se hayan indisolublemente unidos a la existencia.

El humor es incompatible con las emociones, puesto que nos hace olvidarlas temporalmente

También la inteligencia juega un papel fundamental. Concretamente, nos hace falta inteligencia social, porque depende de los otros. Lo cómico raramente es disfrutado a solas, por espontáneo que parezca. Necesita de un grupo, de la asociación y complicidad de otros seres “rientes”, aunque estos sean imaginarios —como cuando vemos una película a solas, pero nos reímos con ella y sus personajes—. Imaginemos que vamos al cine a ver una película cómica… ¿cuándo habrá mayores carcajadas, con la sala vacía o llena? La risa es contagiosa.

La risa es para Bergson una gran afirmación del Yo, sustentada en el orgullo. “El beneficio social necesita la corrección que mueve la humillación de ser objeto de risa”.

El humor como rasgo psicológico

¿Qué dice de nosotros o de los demás nuestro bueno o mal humor? ¿Qué hay detrás de este fenómeno a nivel psicológico?

El humor ha alcanzado el nivel más alto como género en las artes, como actitud, como virtud que todos habríamos de poseer (aunque a la vez se haya creado un debate sobre sus límites). A quién ría y sea capaz de hacer reír, el resto del mundo se lo rifa y envidia. Todo el mundo parece contagiarse del humor.

Para empezar, el humor es una herramienta crítica de gran eficacia. Y no solo para terceros (como decía Oscar Wilde, “todo puede decirse con una sonrisa”), sino para nosotros mismos. Tener o no sentido del humor puede llevarnos a juzgarnos íntimamente y tomar la decisión de cambiar aquello que es necesario cambiar.

Por ejemplo, observar carencias en el humor de alguien es un buen reflejo de algún tipo de problema de autoestima, alguna mella en su dignidad. Quien carece de humor y va por la vida con una actitud de perenne seriedad es muy probable que esté demasiado inflado de sí mismo o que quiera compensar algún rasgo inseguro de su personalidad con esa actitud. Lo contrario ocurre con el que posee buen sentido del humor. La sonrisa exuda confianza y naturalidad. Quien bromea y, más aún, quien bromea sobre sí mismo, se muestra superior a los acontecimientos de su vida y, como no, a los que en ella conviven con él. Es un fiel reflejo del grado de dignidad propia que posee una persona, pues solo quien está seguro de sí mismo se sabe perfectamente capaz de lidiar con las burlas que en torno a sí mismo se producen, sin olvidar la autoburla. El humor reduce nuestro orgullo, nuestra importancia. Como ya dijo Bergson, actúa limpiando el peso y la suciedad de nuestras emociones.

Nein: nihilismo de bolsillo

Ha habido, a lo largo de los siglos, filósofos que decidieron investigar el humor y sus efectos. Como hemos dicho a lo largo de este dosier, en la mayoría de los casos lo hicieron con escasa gracia, algo que es comprensible, por otra parte, dado su enfoque analítico.

Pero también ha habido filósofos que han tratado el tema de otra manera y uno de ellos es Eric Jarosinski, quien apostó por ponerlo en práctica. Jarosinski es un filósofo norteamericano que, durante un periodo de bloqueo mental, se lanzó a crear un perfil en Twitter donde sacar a la luz sus pensamientos más desenfadados. Dicho perfil se denomina Nein quarterly, a compendium of uthopian negation, y desde él comenzó a lanzar aforismos como quien lanzaba granadas, con un nivel de socarronería y sarcasmo pocas veces visto. En poco tiempo se convirtió en un fenómeno y, tras poner patas arriba las redes sociales, le llegó el turno al mundo editorial, cuando le ofrecieron publicar un libro recopilatorio: Nein, un manifiesto (Anagrama).

En esta obra, Jarosinski (que ya ha asumido el título de aforista en internet, aunque “no tengo muy claro que implica eso”) dejó de lado cuestiones profundas para, sencillamente, cachondearse filosóficamente de todo y todos. Lo humano, lo divino y lo que queda entre medias es abordado por el autor en este pequeño libro que nos mueve tanto a la reflexión como a la carcajada más estruendosa. Es uno de los tratados más descacharrantes de los últimos años, una bomba de nihilismo que busca su propia salvación a través del sarcasmo. Y es, además, un buen ejemplo de que la filosofía puede tratar de estudiar y explicar el humor de manera seria, pero que también es susceptible de lo contrario: de ser planteada y abordada por el humor más gamberro.

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