Muerte del amor romántico

 

Fuente: https://www.jotdown.es/2017/01/muerte-al-amor-romantico/

Publicado por Bárbara Ayuso

Pont des Arts, París. Foto: Getty.

No le conozco, pero sé algo sobre usted: no cree que exista tal cosa como el «amor verdadero». A estas alturas del partido, ya habrá naufragado en un par de relaciones tóxicas, quizá aún se lama las llagas de una ruptura y a buen seguro acumula en su haber algún episodio humillante. Incluso aunque paladee las mieles de la placidez romanticosa, los desengaños, desencantos y esporádicos coqueteos con la tragedia están ahí para recordarle que lo único que realmente es para siempre son las cicatrices. Y los amores imposibles, pero en ese jaleo que se meta otro. En cualquier caso, ahora, en este punto concreto de su existencia ya ha asimilado que el amor dura lo que dura, y no es eternamente. Torres más altas han caído, ¿no?

Ya. No me arriesgo si también creo saber otra cosa: en el fondo, debajo de todo ese nihilista escozor con el que se ha alicatado el interior, sí que cree en el amor verdadero. Nadie nos oye, puede asentir. Jamás se atrevería a confesarlo en público —a no ser que sea afecto al autoescarnio— ni mucho menos hilar una argumentación que lo sostenga, pero está ahí. Como una utopía inocua, pequeñita, irracional y clandestina que se resiste a entregar las armas. Puede asumir que ya no será nunca el explorador, escritor, tirano o concertista que fantaseó, pero hay algo dentro de nosotros que se aferra a la posibilidad de esa isla. De ese amor pulcro, definitivo, maravilloso y bastante rosáceo que, por qué no, aún puede aparecer. El que encajará a la perfección con todos sus recovecos, cauterizará todas sus heridas y, en definitiva, acertará en todo aquello que hasta ahora ha fracasado. Esa persona que le hará sentirse pleno y que se ubica en las coordenadas del «amor romántico» en el que afirma no creer. El mundo está lleno de ovejas que se niegan a ser ovejas y, aun así, pacen.

Pero no se preocupe. No es grave: es un huevo.

Lo decía la voz en off de Woody Allen en Annie Hall, justo después de la despedida: «Y me acordé de aquel viejo chiste, ya saben, el del tipo que va a ver al psiquiatra y le dice: “Doctor, mi hermano se ha vuelto loco. Se cree que es una gallina”. Y el médico le contesta: “Bueno, ¿y por qué no hace que lo encierren?”. Y el tipo le replica: “Lo haría, pero es que necesito los huevos”. Eso expresa muy bien lo que siento acerca de las relaciones entre las personas, ¿saben? Son completamente irracionales, disparatadas, absurdas… Pero creo que las seguimos manteniendo porque la mayor parte de nosotros necesitamos los huevos».

Sucede que los huevos tienen una cáscara finísima, que se resquebraja a la menor fricción. O ficción.

La epidemia del amor romántico

Como persona docta, leída, y entregada a los placeres intelectuales más elevados, recordará cientos de artículos que abiertamente o de soslayo, afirman que el amor romántico es ya producto de otra era. Un constructo creado en herencia del amor burgués, cortés y victoriano que imperó durante siglos en nuestra cultura pero que ha ido quedando en desuso por diferentes causas, cediendo terreno a relaciones de otra clase. Lo que aún queda solo es una rémora de cuando todo era más ingenuo y más sepia, porque hoy el mundo está poblado de seres horrorosamente independientes, acomplejados e insatisfechos que saltan de relación en relación, exprimiendo lo efímero con egoísmo y sed de novedad. Algo de verdad hay en ello, pero también tiene un problema capital: que no. El amor romántico no es un mito ni un producto del pasado. Es algo tan real, tan presente y espeluznante que sigue entre nosotros como una insidiosa y desestabilizante enfermedad mental.

Para comprobarlo, nada tan sencillo como echar un vistazo a su alrededor. Especialmente si usted nos lee desde París y tiene a mano el Pont des Arts donde la tontería supina y el sentimentalismo más chusco se han dado la mano para alumbrar el mayor monumento a la memez colectiva jamás erigido: decenas de miles de candados, colocados sobre las barandillas del puente para, pretendidamente, celebrar el amor. Perversa simbología, por cierto. Tórtolos de todo el globo han acudido allí para sellar su romance depositando el objeto de marras como juramento de la plenitud y (esto es lo escalofriante) la inmortalidad de su amor, lanzando la llave al Sena y perpetrando un atentado estético que además ha tenido un efecto multiplicador en otras ciudades y latitudes. Paradójicamente, el peso estuvo a punto de derrumbar el puente, por lo que el Ayuntamiento de la ciudad retiró y destruyó todos los candados, instalando una valla metálica para disuadir a los flechados. En vano. Unos meses después, el ansia pastelosa se ha mudado hasta el vecino Pont Neuf, para alfombrarlo de nuevo de pequeños candados con iniciales y corazones. La mayor parte de rotativos del mundo titularon aquello como un «triunfo de los enamorados perseverantes» o giros sinónimos provocadores de ardores intestinales y «puajs» con muchas jotas de sonrojo.

Aquello no solo es un atentado estético en nombre de la cursilería. Tampoco la infantil desmesura de prepúberes con las hormonas de verbena, porque en el paisaje de los perpetradores se cuentan canas y acné por igual. Es solo un ejemplo al azar de la epidemia de gazmoñería que nos rodea, visible sin necesidad de enfocar demasiado: los Federico Moccia, Nicholas Sparks y sus secuaces, los cantautores que riman «cama vacía» y «almohada fría», los programas de televisión en busca de la pareja ideal en formato granjero, mediopensionista o señor de Murcia, los dramas sociales por rupturas que «nadie se esperaba», los líricos que serigrafían pasos de cebra con nocturnidad y almíbar, las genuflexiones con cada reposición de Pretty Woman, los suplementos que iluminan el camino para dilucidar si estáis «hechos el uno para el otro»… O cualquier otro ejemplo igual de extraordinariamente rentable.

Por supuesto, esto empezó hace mucho. Ya Platón, en El banquete, nos inoculó la idea venenosa de que sin otro estamos incompletos y, en consecuencia, infelices. Y no es un otro cualquiera: es uno en particular, no vaya a quedarnos demasiado simplón el galimatías. Júpiter, acalorado con la raza humana por haber escalado el cielo para combatir contra los dioses, decidió castigarnos de la forma más cruel posible: separándonos en mitades. Nacía con ello el mito de la media naranja, esa búsqueda incansable y tortuosa por encontrar la pieza que falta, el santo grial de nuestra existencia. Una vez hallados, nada les separaría. Na-da. Ni la rutina, los cuernos, la apatía, la distancia, el desgaste, las faltas de respeto o los exabruptos, el alcohol o las mandarinas de cultivos más ecológicos.

La primigenia maldición de Júpiter fue cruel, pero los que llegaron detrás a apuntalar las bases del mito tampoco se quedaron atrás. El amor romántico, basado en la fusión exclusiva y suficiente de los dos amantes como un único ser, incorporó toda la tragedia para la que ya estaba preconfigurado. Cupido, Paris y Helena, Romeo y Julieta, Tristán e Isolda…. Un niño con alas de cinco años lanzando flechas bañadas en alucinógenos, una troyana más que probablemente violada por un narcisista, unos adolescentes fruto de un entorno enojado y enajenado… Un suma y sigue que complementan y amplían los románticos necrófilos, que, sin inventar nada, recrean la concepción del amor vinculado al sufrimiento y la muerte; llenando, como decía Larra, los cementerios de muertos de amor y pasión más de lo que lo hicieron los médicos o los necios. La religión también ha hecho lo suyo por pescar en este escenario, en el que las relaciones no nacen y se mantienen por la satisfacción mutua, porque eso implicaría la posibilidad de la disolución. El amor romántico hacia esa (la tuya, deja en paz a la del vecino) persona es absoluto, leal, eterno, muy parecido a la relación de un creyente con su divinidad.

Hollywood no tiene toda la culpa, pero se lleva un buen pedazo del pastel culposo. Aunque, en el fondo, el cine (ese cine) no ha hecho más que democratizar la ilusión colectiva, añadiéndole crescendo de violines y lluvia a las historias trágicas y almibaradas de siempre, convirtiendo lo extraordinario en la norma. Y en la aspiración. Quizás sea una perogrullada subrayarlo, pero sí: el amor romántico es una fantasía. Una ficción. Como especie, es la mayor pérdida de tiempo que se nos ha ocurrido nunca —dejando de lado la invención del cielo y las reuniones de vecinos— pero no es una fantasía inocua.

Combatirla tampoco es sencillo. La alta y baja cultura, todos a una, se han confabulado durante centurias para grabarnos el mensaje a fuego: busca incesante a tu media naranja. No desfallezcas. Te hará sufrir, probablemente te destrozará hasta niveles inimaginables, pero ¿eh?, estarás completo. Enamorado. Y, de alguna extraña y pasivo-agresiva manera, feliz.

Pues no. Rompamos ese huevo de una vez por todas.

El amor no es eso

Houellebecq opina que recurrir con asiduidad a la pornografía distorsiona la realidad, pero pocos parecen preocupados por los estragos que el consumo constante de películas, música («Sin ti no soy nada / mi alma, mi cuerpo, mi voz, no sirven de nada / porque yo sin ti no soy nada») y literatura defensoras del amor romántico provocan en los sentimientos, deseos y aspiraciones de la gente, haciéndolos cada vez más inalcanzables. Obviamos la decepción casi segura que produce enfrentarse a la realidad —mucho más prosaica— armado con esas actitudes, porque, al fin y al cabo, cada uno es muy libre de frustrarse como le venga en gana. Y el amor romántico es, simple y llanamente eso: la materia prima con la que fabricamos más frustración de la que podemos segregar de forma natural. Las «pequeñas magias inútiles», que diría Borges.

Pero la frustración no es el fruto más amargo. Lo peor es la perpetuación de los valores intrínsecos del amor romántico, que van más allá de la mera ensoñación. No se trata de que usted o yo, más o menos adultos, conservemos esa vana y patética esperanza de dar con «la persona adecuada». Ni de que confundamos sentimientos con sentimentalismo, o romance con romanticismo. No es una cuestión de grandilocuencia o de exposición pública de los afectos. Se trata de que esas falacias del amor romántico, que tan caducas podrían parecer, tienen un arraigo pernicioso. Eche mano de cualquier estudio o investigación (1) sobre cómo los adolescentes socializan hoy en día. Contenga el pasmo. Un aperitivo: la mayoría sostiene que el amor «verdadero» lo perdona y aguanta todo. Creen que el amor es posesión y exclusividad. Que el amor verdadero está predestinado. Que supone entrega total. El amor requiere sacrificios.

Y, ahora, imagine el impacto que esto tiene en aspectos nada inocuos como la violencia de género (2). Aventure las consecuencias de identificar los celos, la posesión o la exclusividad con el «amor ideal». Desde esta perspectiva, el amor romántico, vigente y válido aún hoy que tan inocuo parece se parece más al uróboros, la serpiente mítica que engulle su propia cola toda la eternidad.

El amor romántico merece morir. Porque no es amor, es dependencia, miedo a la soledad, masoquismo, una utopía colectiva y una mamarrachada peligrosa. No hace falta tener claro lo que es, para saber lo que no es.

No, el amor no lo puede todo, da igual lo que le diga Paulo Coelho.

No, no es normal sufrir por amor. Y mucho menos necesario. Nuestra visión de las relaciones sigue tan idealizada y es tan sentimental que la perspectiva de alguien que pone límites a su capacidad de amar y entregar parece obscena. Pero es algo sano y necesario.

No, el amor no lo aguanta y lo puede todo, no está hecho de acero valyrio. Se rompe, se esfuma y se pasa.

«Sin ti no soy nada», no. Sin ti soy exactamente lo mismo que contigo: alguien completo.

No, el amor no es lo que sostienen las dos primeras acepciones del término en el DRAE (3): ni el ser humano es insuficiente en soltería, ni el amor nos completa.

No, los celos no demuestran amor. Son una patología.

No existen las medias naranjas. Punto.

No, la felicidad no depende de encontrar o no una pareja.

No, quien bien te quiere no te hará llorar.

El amor no es eterno. En el momento en que la satisfacción no sea mutua, finita la comedia.

La caducidad no es una maldición del amor, es un incentivo.

Y, sobre todo: no es tuyo, ni tuya.

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(1) Hay una variedad de estudios al respecto, pero el de «Sexismo y violencia de género en la juventud andaluza e impacto de su exposición en menores. Proyecto de Investigación Detecta» de 2011 abunda en estos mismos datos.

(2) Percepción de la violencia de género en la adolescencia y la juventud. Informe de la Delegación del Gobierno para la violencia de género. Madrid: Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad.

(3) «Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser».

«Sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de unión, nos completa, alegra y da energía para convivir, comunicarnos y crear».

 

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