La violencia como bella arte

Damián Szifrón retrata en ‘Relatos salvajes’ el lado oscuro y más divertidamente amargo de un mundo, éste que pisamos, violento. 

Un fotograma de ‘Relatos salvajes’ 

LUIS MARTÍNEZ Madrid 

 17/10/2014 

Fuente: https://www.elmundo.es/cultura/2014/10/17/543fda1522601dac658b459f.html

Hay, como mínimo, dos tipos de violencia. Una, la menos espectacular, es más propia, por ejemplo, de los beneficiarios de una tarjeta de crédito opaca. No provoca apenas sangre. Lo suyo, puestos a hacer brotar líquidos, es la bilis. Digamos que, cinematográficamente, este género de violencia da mal en pantalla. Cuesta fotografiar el ruido sordo de lo incómodo, la impostura del prepotente o la desvergüenza del moralista.

Luego esta la otra violencia. La evidente, la de la sangre, la del ruido y la de los cristales rotos. Bastante más festiva pero, admitámoslo, mucho menos dañina. Si se quiere, y por simplificar mucho, ésta es la violencia de los pobres; la de la rabia, los dientes apretados y el resentimiento acumulado. La primera es más la patronal de la violencia. 

Curiosamente, es la última, la del pueblo llano y permanentemente enfadado, la que peor prensa tiene, la que más molesta ver en pantalla, la que indefectiblemente irrita a los campeones del buen gusto.

Pues bien, ‘Relatos salvajes’, de Damián Szifrón, es sobre todo un brillante esfuerzo por poner rostro, por fotografiar, a esa parte de la violencia que tanto cuesta ver en el cine. De repente, el director argentino coloca al espectador ante el espectáculo, digamos putrefacto, de una sociedad enferma de su propia indolencia, anestesiada por su ira, incapaz de entender el origen de la insatisfacción que la habita. ¿Cómo se quedan? Sí, estamos delante de la una película vocacionalmente violenta, obligadamente salvaje, pero, y sobre todo, deslumbrante en su claridad. 

Además, y esto es lo que cuenta, profundamente divertida.

Estructurada en seis episodios, el espectador se ve de repente transportado a un universo extraño, raro, quizá por demasiado cercano. Una mujer descubre que comparte un secreto muy íntimo con todos los pasajeros de su avión. Una camarera reconoce de golpe a uno de sus clientes como el más brutal y oscuro de sus enemigos del pasado. Un conductor desencadena un delirio de sangre y mierda, con perdón, por culpa de un ridículo y común gesto de desprecio al pobre (a un pobre). Un ciudadano no tan común decide vengarse de la afición de la policía municipal por las multas. Un plutócrata decide encubrir el crimen de su hijo y, ya puestos, el crimen de su propia vida. Una novia descubre el día de su boda el tamaño perfecto de su desgracia y del desgraciado de su esposo. Y así.

Más allá del esplendor sabio de una producción perfecta, al otro lado del trabajo afinado de un grupo de actores comando por Ricardo Darín, Leonardo Sbaraglia o Erica Rivas, lo que más duele, lo que más divierte, lo que más conmueve es la sensación de reconocimiento. Cada uno de los damnificados, pese a su acento marcadamente argentino, somos nosotros. O, mejor, cada insulto proferido, y no siempre entendido, es nuestro, en algún momento ha salido de nuestra boca. O saldrá.

El acierto de Szifrón, cineasta bregado en la televisión además de responsable de la sabia comedia ‘Tiempo de valientes’, consiste en estar pendiente del otro lado. No importa tanto el estallido festivo de lo que explota, como el rumor sordo sobre el que vibra la bomba. 

La violencia no es sólo eso que tanto desagrada a los profesionales del buen gusto, a los programadores de ópera o a los filósofos de la nada; la violencia, la realmente insoportable, es también una cuestión actitud, un simple gesto. Y aquí vale desde despreocupación de los que, bien comidos, presumen de tener la vida resuelta, a la desvergüenza culpable de los que, por ejemplo, se muestran felices por no pagar el IVA. Y esa violencia está por todas partes, está dentro. Y Szifrón acierta a retratarla tan fielmente que no queda otra que romper a reír. Aunque sólo sea de simple desesperación. Brillante, magistral incluso.

 

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