EL BESO

 

Por: Helena Galán Fajardo

 

The Kiss (El beso, Munch, 1897)

DOS LABIOS ARDIENTES CONTRA LOS MÍOS
EL CIELO Y LA TIERRA SE DESVANECIERON
Y DOS OJOS NEGROS MIRARON
DENTRO DE LOS MÍOS

 

Había leído muchas veces en relatos y grandes novelas como Madame Bovary o Anna Karenina que el momento de pasión amorosa era definido como el acto de entregarse al otro. Siempre me había parecido cursi y aterrador eso de abandonarse como una nave sin velas al flujo de las olas y dejarse conducir por el deseo de otra persona.

Una vez tuve un sueño de ese estilo. Iba en un tren sin frenos, que arrasaba campos y puentes y que no podía detener… Estaba asustada y no era agradable. Si aquello era la entrega o la pasión, no la quería.

A lo largo de la historia del arte este ha sido un tema que ha obsesionado a muchos artistas: la entrega, la pasión amorosa, el éxtasis… expresados a menudo en un encuentro que comienza, incipiente, con un beso. Un beso que es mucho más que un beso, mucho más que la intersección de dos personas. Es una comunión de bocas, un orgasmo de sensaciones. Una bonita metáfora del sexo que, al fin y al cabo y, por más que se empeñen en encuadrarlo en marcos institucionales, es el placer por el puro deseo de placer.

El beso (1908-1909) de Gustav Klimt significa el encuentro de la pareja en la intimidad. Sólo ella nos deja ver su expresión de entrega y complacencia. Él oculta su rostro, pero sostiene la cabeza de su compañera con entrega y seguridad. Fue su obra maestra y el símbolo de la reconciliación y unión de los sexos. Con ella culminaba su investigaciones sobre el tema del deseo humano: la pareja abrazada, encarnando una felicidad erótica imperturbable, pero también efímera.

Por su mirada infantil y a veces soñadora, prefiero sin embargo, el beso mágico de Chagall en El Cumpleaños (1915), donde reflejó, como pocos, ese sentir cuando se ama y se está enamorado, que es la posesión (o la no posesión) del amor, al fin y al cabo. Ese perder el sentido, caminar como en sueños, danzando con pies de alas, ausentándose de la realidad cotidiana.

“Tú te arrojas sobre la tela, que tiembla entre tus manos, coges el pincel, aplastas los tubos de pintura (…) de pronto me alzas del suelo (…) tú saltas hacia arriba, te extiendes en toda tu longitud y vuelas hacia el techo (…) Te acercas a mi oído y me murmuras algo (…) Las paredes, adornadas con mis chales variopintos, ondean a nuestro alrededor y hacen que la cabeza nos de vueltas”, describía el autor dirigiéndose a Bella.

Aunque también me gusta por el misterio que esconde Los amantes (1928) de René Magritte: un hombre y una mujer se besan a través de las telas que cubren sus rostros ¿Es el amor ciego? ¿Hasta qué punto podemos llegar a conocer a la persona amada? Para Magritte, cada persona es un ente aislado y la unión absoluta con la pareja es una vulgar utopía. Podemos fingir que lo conseguimos, pero siempre habrá alguna parcela de nuestra personalidad que quede oculta.

Y Munch, que siempre me ha fascinado, va un paso más allá.

Plasmó su miedo a las mujeres y a las relaciones amorosas en una serie de lienzos. En El beso (1897), motivo que dibujó de formas diferentes, aparecen dos amantes. En el primero se distinguen sus figuras independientes. Hay un trazo negro que marca la división entre sus cuerpos. Pero a medida que se entregan a la pasión, los contornos de sus rostros desaparecen y se funden en uno solo. También desaparecen las referencias al mundo exterior y todo se tiñe de tono sepia.

Munch veía a la mujer como un vampiro en una época donde el feminismo estaba cambiando las bases estructurales de la sociedad. Donde las mujeres comenzaban a tomar decisiones y dejaban de ser seres pasivos y sometidos.

Aquello le debía asustar mucho porque con su libertad recién conseguida desaparecía la seguridad y la convención en el compromiso del matrimonio. A Munch hay que entenderlo en ese contexto.

También le atraía pero le aterrorizaba lo de desaparecer en el otro. Dejar de ser él mismo. El miedo a perder su identidad.

El arte y el vampirismo tienen un largo recorrido. Quizás sea porque el mito del vampiro encarna a la perfección esa metáfora de estar enamorado, el miedo a perderse en el otro, a dejar de ser uno mismo.

 

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